La brutalidad política de Jaime Andrés Beltrán: el ‘harakiri’ de un oportunista sin rumbo
Jaime Andrés Beltrán firmó su propia ruina política: renunció a su partido, se inhabilitó por un año y dejó a Bucaramanga hundida en el desencanto. El “pastor” que prometía renovación terminó predicando su propio final.
El exalcalde Jaime Andrés Beltrán volvió a demostrar que su peor enemigo no son sus contradictores, sino su propia torpeza política. En un acto de ceguera electoral que raya con el delirio de grandeza, decidió renunciar al partido que lo llevó al poder, se quedó sin aval, sin credibilidad y, de paso, se inhabilitó por un año para aspirar a cualquier cargo público.
Un verdadero harakiri político de quien alguna vez creyó ser el mesías de Bucaramanga y hoy no es más que el símbolo de su propia decadencia.
La historia es tan absurda como predecible. El pasado 29 de octubre, Beltrán presentó su renuncia a Colombia Justa Libres, el partido cristiano que lo avaló en 2019 y que, por coherencia interna, se negó a repetirle el favor en las elecciones atípicas. Su reacción fue la habitual: pataleta, victimización y discurso moralista. Acusó al partido de haber perdido “sus principios” y de entregarle las banderas a “gente que jamás ha militado en la colectividad”, refiriéndose a Carlos Bueno, quien hoy encabeza la candidatura que Beltrán soñó para sí mismo.
Pero la ley es clara y, como le explicó el abogado Manuel de Jesús Rodríguez en el programa Semana Política, su renuncia lo dejó automáticamente inhabilitado para participar en las elecciones legislativas y presidenciales de 2026. En otras palabras: ni Congreso, ni Senado, ni Alcaldía, ni nada. Un político fuera de juego por sus propias decisiones.
A Beltrán lo tumbó la misma doble militancia que lo sacó del Palacio Municipal. Es casi poético: el político que se presentó como el defensor de la moral cristiana terminó cayendo por violar las normas básicas de ética política.
Consciente de su naufragio, improvisó un plan B igual de desesperado que torpe: inscribir a su exasesor y amigo, Cristian Portilla, como candidato a la Alcaldía, en una jugada que pretende mantener viva su influencia política “en cuerpo ajeno”. Un candidato títere, sin fuerza ni independencia, cuyo único mérito es servirle de extensión política a su antiguo jefe.
Y mientras Bucaramanga sigue padeciendo las consecuencias de una administración que dejó más sombras que aciertos, Beltrán ya anda buscando otro escenario donde posar de víctima y profeta. En un espectáculo de oportunismo, su esposa, Paula Ramírez, aparece ahora en tarima junto al precandidato presidencial Abelardo de la Espriella, levantándole la mano ante las cámaras. Dicen que será candidata al Senado por el partido Salvación Nacional, el mismo que hoy promueve la candidatura del alcalde encargado Javier Sarmiento. Todo un nudo de ambiciones disfrazadas de fe.

Pero detrás de los reflectores queda el verdadero legado de Jaime Andrés Beltrán: un gobierno que se desmoronó en soberbia, un partido que lo expulsó por incoherente y una ciudad que lo recuerda más por el ruido de sus arengas religiosas que por sus obras. A eso se suma que su nombre volvió a sonar en la investigación por el escándalo del alumbrado público y las toneladas de chatarra desaparecidas, donde testigos lo mencionan junto a su círculo más cercano.
Hoy, Beltrán es el retrato exacto del político sin brújula que confundió el púlpito con la Alcaldía y la fe con la manipulación. Dejó una Bucaramanga sin liderazgo, un movimiento político fracturado y una reputación en ruinas. En política, los errores se pagan caro. Y en su caso, la factura ya llegó con intereses.