El alcalde que no manda: Cristian Portilla, el títere que Jaime Andrés Beltrán mueve desde las sombras
Portilla llega a la Alcaldía no como un líder autónomo, sino como la extensión política directa de Jaime Andrés Beltrán, el exalcalde cuya elección fue anulada por doble militancia.
La victoria de Cristian Portilla en las elecciones atípicas de Bucaramanga no representa un nuevo comienzo para la ciudad, sino la confirmación de que el poder sigue en las mismas manos, aunque con otro rostro.
Portilla llega a la Alcaldía no como un líder autónomo, sino como la extensión política directa de Jaime Andrés Beltrán, el exalcalde cuya elección fue anulada por doble militancia.
Lejos de construir un proyecto propio, Portilla ha sido, desde el inicio, un engranaje más del beltranismo. Su trayectoria política está marcada por su cercanía absoluta con Beltrán, de quien fue asesor, aliado y ficha de confianza. Su candidatura no nació de una propuesta independiente ni de una visión alternativa para la ciudad, sino de la necesidad de mantener vivo un proyecto de poder que quedó jurídicamente truncado.
Durante la campaña, el discurso de Portilla fue un calco del libreto ya conocido: seguridad, orden, autoridad y una narrativa de continuidad que nunca ocultó su verdadero propósito: proteger y prolongar el legado del exmandatario. No hubo ruptura, no hubo distancia, no hubo matices. Solo obediencia política.
Las reacciones posteriores al triunfo dejaron poco espacio para la duda. Jaime Andrés Beltrán celebró la victoria como propia, felicitó a Portilla y habló del resultado como un logro colectivo, evidenciando lo que muchos ya sabían: el alcalde electo no gobierna solo, gobierna con libreto ajeno.
Para amplios sectores de la opinión pública, lo ocurrido en las urnas no fue una elección libre entre proyectos distintos, sino una jugada de reemplazo, donde el poder cambió de nombre pero no de dueño. Bucaramanga no eligió un nuevo alcalde; eligió un intermediario, un operador político que ejecutará decisiones tomadas por otro.
Así, Portilla inicia su mandato bajo una sombra pesada: la de ser recordado no como el alcalde que lideró, sino como el títere que permitió que Jaime Andrés Beltrán siguiera gobernando sin estar en el cargo.